Imagina que cruzas un enorme pórtico, te encuentras con salones de mármol reluciente y, bajo tus pies, se almacenan reservas de vino casi infinitas. Lo que hoy suena como el escenario de una película histórica fue, a partir de 1907, una auténtica realidad berlinesa. La legendaria bodega Rheingold, situada entre la Potsdamer Straße y la Bellevuestraße, se consideraba uno de los locales gastronómicos más impresionantes de Europa, si no del mundo. Donde antes acudían a cada minuto famosos y noctámbulos, hoy se extiende una arquitectura completamente transformada. Pero, ¿cómo funcionaba este gigante de la cultura del ocio, qué hacía que esos espacios fueran tan especiales y por qué ya no queda aquí ni una sola piedra en pie?
El trágico final de este magnífico edificio durante la guerra y su transformación en un punto de referencia de la modernidad

Durante la Segunda Guerra Mundial, los intensos bombardeos aéreos de 1943 causaron daños masivos al monumental edificio. Aunque los expertos consideraron en la década de 1950, tras el fin de la guerra, que las ruinas que quedaban eran perfectamente reconstruibles, la planificación urbanística y la falta de fondos dijeron lo contrario. En la confusión de la posguerra, con la ciudad dividida, se descartó la costosa reconstrucción y se volaron los restos para dejar espacio libre en el punto de unión entre los sectores. Hoy, justo en ese mismo lugar, se alza la Bahntower, flanqueada por la Kollhoff-Tower y el nuevo trazado de la calle Potsdamer Straße.
14 mundos temáticos bajo un mismo techo: así de elegante comían los berlineses en aquella época

El local, regentado por la famosa familia de restauradores Aschinger, marcó un hito en cuanto a variedad. Sus 14 comedores diferentes tenían capacidad para más de 4.000 comensales a la vez y ofrecían un ambiente único para todos los gustos:
- El Kaisersaal: el corazón del local impresionaba por sus techos altísimos, su propio órgano de concierto y sus fastuosas galerías.
- La Sala de las Conchas y el Ónix: aquí, las brillantes piedras preciosas se combinaban con artísticos mosaicos, lo que ofrecía a los invitados un ambiente casi de cuento de hadas.
- La sala de las columnas: cautivaba con sus enormes columnas de mármol, sus elegantes paneles de madera y sus opulentos relieves murales.
El acompañamiento culinario corría a cargo de exquisitos manjares de la alta cocina berlinesa. Lo más destacado, sin duda, era la bodega del local, donde en algunos momentos se almacenaban hasta siete millones de botellas de los mejores vinos. Los hermanos Aschinger encargaron en su día la construcción de la bodega Rheingold al famoso arquitecto Bruno Schmitz por la friolera de cuatro millones de marcos de oro, toda una sensación en el Berlín de la época imperial. Tanto entonces como ahora, Berlín era una metrópolis culinaria que siempre supo marcar tendencia.