La ciudad que nunca duerme La ciudad mundialmente conocida por su música y sus clubes. La meca de todos los adictos a los ritmos profundos y oscuros. Berlín domina la vida nocturna como ninguna otra metrópoli. Gente de todo el mundo viaja para formar parte de esta experiencia única. Nombres como Berghain y KitKat gozan desde hace tiempo de reconocimiento internacional, y la entrada es muy codiciada, porque detrás de sus puertas pasan muchas cosas. Pero no sólo allí: Berlín tiene muchos otros clubes de primera categoría que ofrecer, incluso algunos que no llevan la palabra «salvaje» en su nombre por casualidad. Wilde Renate, en Berlín, es uno de los clubes techno más populares y frecuentados de la ciudad. Sobrevivió a un incendio en junio y reabrió sus puertas a sus fans con una rapidez impresionante. Pero el Renate es mucho más que un club: todo el que entra aquí deja que los ritmos profundos hagan efecto en él y se pierde en un laberinto caótico y lúdico que no olvidará pronto.

En el club más bizarro de la ciudad
Desde fuera, Wilde Renate parece un anodino edificio de apartamentos berlinés: fachada gris, ventanas estrechas, nada que delate el caos que hay detrás. Pero una vez que se cruzan las puertas, uno se encuentra en un laberinto de habitaciones, pasillos y plantas. Esta intrincada arquitectura ofrecía el marco ideal para una extraordinaria exposición de arte. Tras una puerta oculta, comienza un descenso surrealista a sus propias profundidades: el Peristal Singum, una instalación artística transitable que el colectivo de artistas Karmanoia(www.karmanoia.org) creó en nueve meses, en condiciones estructurales difíciles y sin financiación, y que se inauguró en 2010. Fue accesible en una parte separada del edificio Renate hasta 2014.
La obra consistía en un laberinto hecho con materiales reciclados. Llamado así por la peristalsis -el movimiento ondulante del tracto digestivo-, conducía a los visitantes a través de un sistema orgánico de tubos, pasillos y cámaras. Había que gatear, trepar y tantear el camino a través de la oscuridad, destellos de luz y pasadizos estrechos. El camino nunca estaba predeterminado; cada paso exigía confiar en los propios sentidos. Al final, te encontrabas confuso y desorientado en el bar, como si la estructura te hubiera tragado, digerido y escupido de nuevo.

Aunque este laberinto artístico del Wilde Renate ya no existe hoy, la extraña estructura del edificio sigue siendo la misma. Cada habitación cuenta su propia historia: a veces en el salón vintage con papel pintado de los años 70, a veces como un oscuro sótano con parpadeantes luces estroboscópicas, a veces como un desván lleno de salvaje energía. Entre escaleras de caracol, paredes torcidas y suelos ocultos, se pierde rápidamente la noción del tiempo, hasta que sólo quedas tú y el ritmo. Como en una fiesta surrealista en la que uno se sumerge por completo, olvidándose de la vida exterior mientras la fiesta interior cambia constantemente. No hay dos salas iguales, ni dos noches iguales.