Cuando Berlín cuenta sus leyendas sobre animales, hay un nombre que no puede faltar: Knautschke. El hipopótamo del Zoologischer Garten fue para muchos berlineses mucho más que un simple habitante del zoo: se convirtió en el símbolo de la ciudad de la supervivencia, la unión y la voluntad inquebrantable de seguir adelante.
Un hipopótamo sobrevive

Knautschke vivió la Segunda Guerra Mundial cuando era un animal joven en pleno Berlín destruido. Cuando las bombas alcanzaron el recinto de los hipopótamos, su madre murió; el pequeño macho sobrevivió. Al final de la guerra, fue uno de los únicos 91 animales que habían resistido los ataques y la batalla de Berlín en el zoo —de los más de 3.700 que había en su día—.
En los años de hambruna que siguieron, Knautschke se convirtió en el proyecto de toda la ciudad. Aunque la gente apenas tenía qué comer, llevaban patatas, col, fruta y pan al zoo. Estas donaciones ayudaron a que el coloso, que no paraba de crecer, superara la posguerra y, más tarde, el bloqueo de Berlín.
Más que una estrella del zoo

Para los berlineses, Knautschke se convirtió así en un reflejo de su propia situación, ya que ellos también pasaban hambre, estaban encerrados y dependían de la ayuda mutua. Quien le daba algo al hipopótamo no solo ayudaba a un animal, sino que se aferraba a la idea de que Berlín seguiría adelante. Por eso, los historiadores lo describen como un símbolo de la fuerza de voluntad de la ciudad.
Knautschke se convirtió en el favorito del público, casi en una superestrella del zoo. Durante décadas atrajo a visitantes y, con un total de 35 descendientes, marcó un hito en la cría de hipopótamos mucho más allá de Berlín.
Pero su historia también tuvo un final amargo. En 1988, el macho, ya anciano, cayó derrotado en una pelea con su rival, su hijo Nante, sufrió heridas graves y tuvieron que sacrificarlo.
Hoy, una estatua de bronce frente al recinto de los hipopótamos le rinde homenaje. Los niños se suben a ella, los visitantes se hacen fotos… y puede que muchos ya ni se acuerden de lo que Knautschke representaba en su día. Pero su historia sigue siendo parte de la historia de Berlín: el recuerdo de que, incluso en los años más oscuros, una ciudad fue capaz de luchar por un animal… y, con ello, también por sí misma.